Si todas las guerras tienen un punto absurdo y, lo que es peor, son casi siempre evitables, la Gran Guerra de 1914-1918 cumple, sin duda, con ambos requisitos. Pocos conflictos suscitaron en sus inicios mayor entusiasmo por parte de sus contendientes y ninguno, excepción hecha de la II Guerra Mundial, causó tanta muerte y destrucción. En ella participaron dos grandes bloques: por un lado, las potencias centrales, integradas, básicamente, por Alemania y los imperios Austro-Húngaro y Otomano; por otra parte, las potencias aliadas, formadas por Gran Bretaña, Francia, Rusia (hasta 1917) y desde ese mismo año, los Estados Unidos. El conflicto se dirimió no sólo en suelo europeo, sino también en las colonias y áreas de influencia de las respectivas naciones en litigio. De ahí su carácter de “mundial”. La chispa que encendió la guerra es bien conocida: el 28 de junio de 1914 eran asesinados en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa a manos de un nacio...